sábado, enero 26, 2008

Un terrible destino

Hace un poco de frío, y me cuesta escribir. Tengo los dedos algo entumecidos... Pero, de todas formas, he decidido salir de mi piscina de apuntes durante unos instantes para realizar alguna labor prosocial, tal como la que sigue:

Quiero advertir a mis cero lectores del terrible destino que nos aguarda. Empezó como sabroso alimento, logró conquistar otros mundos, continuó con Internet, llegó a Japón, el Japón del mundo real, de un modo parecido al que utilizó el agente Smith para "salir" de Matrix (vaya, creo que es la primera vez que menciono la película en el blog), y acabará en todo aquello que leamos.

Es inevitable.
Algo que no entiende el presidente de la comunidad de vecinos del piso en el que estoy en Santiago. Ha colocado un cartel en el portal advirtiendo que no se admite publicidad. Por el momento parece haber funcionado... pero todo acabará en cuanto algún repartidor se entere de que sus folletos caben por debajo de la puerta.

Recuerdo que, cuando todavía creía que podía luchar contra "él", dediqué una tarde en la que estuve paseando a mi perro a recorrer diferentes portales... cogiendo toda la publicidad que había en los buzones, y echándola en el contenedor del reciclaje.
Pero después de que me dijesen que eso era derrochar energía, dejé de hacerlo.
Sin embargo, a día de hoy yo pensaría que más bien es hacer que los hipermercados pierdan el dinero que han invertido en empapelar los buzones... y que impido que los vecinos de dichos portales aprovechen las ofertas que se les dan a conocer en los folletos... pero, por autocomplacerme, por justificarme, diré... ¿qué demonios hacían todos esos papeles en los buzones de publicidad sin que nadie los cogiese? Nada. Acabarían mojándose por la lluvia, compactándose y formando una masa de papel óptima para moldearlo y hacer figuras. Mejor reciclarlo.

Figuras... exactamente a lo que dedicaría yo los periódicos que reparten por la calle todos los días. Recuerdo que, en una ocasión, uno de esos periódicos gratuitos traía como portada, contraportada, primera y última páginas, publicidad de un hipermercado. De segunda página estaba la portada, sí...

Así decidí no coger nunca el 20minutos, ni otros semejantes. De hecho las dos repartidoras que me cruzo todos los días para llegar a la facultad ya me conocen (al menos mientras no me afeite), y lo que me dicen ahora es... "no lo quieres, ¿verdad?", o simplemente "hola". Es toda una ventaja, pues antes me obligaban a sacar la mano del bolsillo y hacer un gesto parecido al de Qui Gon Jin al decirle a Watto que los créditos de la República debían servir... sólo que, en vez de eso, sonaba "no, gracias".